Miércoles, 16 de agosto de 2017
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Confesiones de una escort

29 de diciembre de 2016

Hola

Esta soy yo una vez más, al filo del final del año, uno más.

Quisiera pensar que estas letras verán algún día la luz pública y no se quedarán por siempre en estas hojas del diario que se ha convertido en mi único confidente. Quizá ese deseo se quede ahí, sólo en un deseo.

En los últimos meses me he dado cuenta de que he descrito a detalle mis encuentros con clientes, sin embargo, no me he dado el tiempo de relatar la primera vez que estuve con un hombre por dinero, mi primer día como escort y hoy es el día.

Había llegado hasta esa casa en un taxi al filo de las 10 de la noche, una casa enorme, lujosa y que sin duda haría a cualquier mujer sentir fascinación por su dueño, no es mi caso. Eduardo fue mi primer y hasta la fecha, el más fiel de mis clientes. Quisiera decir que es mi amigo porque a veces así lo creo, pese a ello, soy bien consciente de que esto son negocios.

Apenas traspasé la puerta de su casa, su ama de llaves me envió directo al patio del fondo y seguí. Nunca había cobrado por dinero pero no era inexperta en el asunto de tener sexo vacío, contrario a lo que pensé la noche anterior, estaba fascinada por descubrir al sujeto, estaba intrigada, emocionada, casi sentí como me deslicé hasta el final de aquella hermosa casa sólo para encontrarme con Eduardo.

Él es todo lo que me resulta encantador en un hombre: interesante, inteligente, divertido, de voz atrapante, con un cuerpo que  a todas luces me protegería en medio de una tormenta, de una sonrisa infantil y mirada seductora. Todo. Eduardo lo tiene todo.

Sentado a la orilla de un camastro bebía un cognac y mis tacones no lo hicieron reparar en mi presencia, al contrario, me hizo sentir totalmente ignorada. Sin verme a la cara me ordenó:

-Siéntate- Y señaló el camastro de junto.

Obedecí.

-¿Qué quieres hacer esta noche?- Preguntó.
-Estoy aquí para hacer lo que usted quiera
-Entonces no me hables de usted y quítate la ropa

Mi cuerpo quedó congelado, me vio directo a los ojos y me hizo saber en ese momento que era soy una prostituta. Obedecí una vez más. Casi al final de mis medias sentí sus enormes brazos rodearme el cuerpo para levantarme por las nalgas y darme el mejor beso que he recibido jamás.

Me tocó con la energía que se toca aquello que uno sabe que le pertenece, me penetró como si nos conocieramos de toda la vida y como si esa no fuera la primera vez que estabamos juntos, me sentí más deseada que nunca y también más libre de lo que jamás me había sentido.

Aun cierro los ojos y recuerdo la sensación de tener su sexo en mi interior, aun aquel camastro me hace evocar la primera vez que mordió mis nalgas, la dulce sensación de su calido miembro entre mis labios y la urgencia que sentí por todo el cuerpo de volver a verlo después de nuestra primera magistral vez. 

Ya había estado con hombres que no me importaban antes de Eduardo pero eso era distinto, lo es aún ahora. Abandonarte por completo al deseo incontrolable de ser sexo y nada más.

Eduardo y yo lo hicimos esa noche a la intemperie, sin miramientos, sin pudor, ahí expuestos a los ojos curiosos que pudieran asomarse por las ventanas de su casa o por encima de los altos muros del lugar.

Eduardo y yo tenemos un trato, somos socios en un negocio poco convencional, pocos creen que una mujer como yo pueda disfrutar su trabajo pero hablo en serio cuando digo que soy feliz haciendo lo que hago, hay periodistas felices, fotografos felices, escritores felices y yo: una puta feliz.

Hemos sido de todo, amantes románticos, imparables swingers, marido y mujer, novios, free, dueño y objeto. Aunque no sé nada de él, tampoco me interesa, nuestro negocio se queda en la cama, conozco cada rincón de su cuerpo y eso me hace saber que he hecho bien mi trabajo.

Nada importó, nada importa. La más baja y salvaje de las fantasías es realizable, en cualquier momento. Me gusta pensar que soy una realizadora de sueños. 

Lo soy.

 

Con amor, una puta