Lunes, 20 de noviembre de 2017
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El terremoto y los dos Méxicos

Ante el sismo del jueves pasado que asoló buena parte del país, es inevitable equipararlo, por su fuerza y capacidad destructora con el de 1985. Aquel, aunque más débil, destrozó la Ciudad de México, miles de edificios, viviendas fueron afectadas, la infraestructura capitalina tuvo daños en ocasiones irreparables, el Hospital General y parte del Centro Médico fueron destruidos y lo peor fueron los miles de muertos, los que se recuperaron y los cuerpos que se perdieron para siempre.

El temblor del 85 ocasionó una crisis política de consecuencias impredecibles en aquel momento que desembocaron en lo que el propio Carlos Salinas llamó “el fin del partido prácticamente único”. Pero eso fue consecuencia de otra cosa: en primer lugar de la parálisis del gobierno federal y local, que ante la magnitud de la tragedia tardaron horas en reaccionar adecuadamente y, sobre todo, en aparecer ante la sociedad y los medios. En 1985, en las primeras horas después de la tragedia en la calle estuvieron junto a la gente los soldados, médicos y enfermeras que pese a las carencias y la pérdida de infraestructura hicieron una labor notable. Estuvimos los medios en una acción solidaria que permitió desde entonces tener espacios y perspectivas diferentes.

De 1985 nació un sistema político distinto, nacieron partidos, movimientos sociales y unos medios con un margen mucho mayor de independencia y, sobre todo, una sociedad civil activa y exigente. Todo cambió aquel 19 de septiembre de 1985: el sismo había demostrado la fragilidad de una ciudad y de un sistema que parecía férreo y que resultó débil e ineficiente. La gente descubrió que podía hacer por sí misma y con la solidaridad de instituciones muy puntuales, como el Ejército, la tarea que el Estado no estaba atinando a realizar.

Es verdad que hubo, desde el gobierno y las oposiciones, quienes muy rápidamente lo comprendieron, y comenzaron a trabajar para el futuro, para su futuro, y en 1988, tres años después, el panorama político del país era otro.

Pero también hubo algo más profundo, más certero que la política, que comenzó a construirse desde 1985: una ciudad diferente, que perdió mucho, desde parte de su vida nocturna (como lo reseñó muy bien José Luis Martínez) hasta de su encanto todavía provinciano. La ciudad se hizo más compleja y más insegura. Más liberal y antigobiernista. Pero se reconstruyó sobre otras bases.

Han pasado 32 años y este jueves pasado la Ciudad de México se encontró, nuevamente, con un sismo, más duro aún que aquel, que hizo revivir a quienes lo sufrieron, el temor de entonces. A todos le despertó en la memoria colectiva el miedo que se asocia a la tragedia. Pero en esta ocasión, para sorpresas de todos, la ciudad salió casi indemne, no se perdió una sola vida, hubo daños, pero casi ninguno irreparable. La gente pudo comprobar que en 32 años también había cambiado la ciudad, que las normas de construcción se habían elevado y cumplido, que la capacidad de resistencia de la ciudad a un sismo tan fuerte era similar a la de ciudades que como Tokio o Los Ángeles que tienen normas muy estrictas. Y que en nuestro caso esas normas se han cumplido. También, tuvimos en minutos a autoridades federales y locales atentas y en comunicación con la gente e instituciones funcionando. No sé si esta tragedia cambiará algo, espero que, por lo menos, nos dé mayor confianza en nosotros mismos y que, más allá de socavones y otras negligencias, el cambio político que experimentó el país entonces se ha reflejado también, por lo menos, en la CDMX, en esta muchas veces caótica y desesperante ciudad, en mayor seguridad estructural ante los embates de la naturaleza. Y no es una casualidad, más allá de que el epicentro del terremoto haya estado en Chiapas, que comprobemos que ese estado y Oaxaca son los que mayores daños han sufrido. Fue, por supuesto, la fuerza de la naturaleza, pero es también el atraso. Ése es el país que no cambió, el que se resiste a hacerlo, el que se aleja cada día más del México que tiene márgenes de competitividad y desarrollo mucho más cercanos al de nuestros principales socios comerciales. Son los estados donde los usos y costumbres son más importantes que las leyes, donde el Estado es más débil, donde la educación suele estar en manos de personajes que han impedido sistemáticamente su avance para atender su beneficio personal. Estados donde las autoridades, más allá de excepciones puntuales, son débiles, y en muchos casos corruptas, donde la pobreza y la falta de desarrollo (frenado por esas mismas organizaciones que ven en él a su mayor enemigo) están en el corazón de las tragedias.

Oaxaca, Chiapas, Tabasco, necesitan una transformación similar a la que sufrió la Ciudad de México y buena parte del país hace 32 años, necesitan que la tragedia de hoy se reconvierta en certidumbre y desarrollo para mañana. No sirve de nada reconstruir sobre los cimientos sociales endebles del pasado: hay que hacerlo sobre nuevos paradigmas y aprovechar la tragedia para transformar los espacios más atrasados de nuestro México, para que allí también, al paso de los años, los fenómenos naturales sigan siendo inevitables, pero los daños controlables.

O hacemos que ese México avance hacia la modernidad y le damos autoridades, recursos e infraestructura como para hacerlo o nos empujará a todos hacia el pasado.

Por cierto, vale la pena que se revise la intervención de José Antonio Fernández Carbajal, presidente del Consejo de Administración de FEMSA y presidente del Consejo del Tecnológico de Monterrey, en la entrega del Premio Eugenio Garza Sada. “Como ciudadanos y como sociedad, atesoremos y defendamos lo que tenemos. Frente a lo que ocurre en otros lugares del mundo, reivindiquemos nuestras libertades fundamentales: la de pensamiento, la de expresión, y la de asociación. Defendamos los principios democráticos de representación popular; la separación de poderes; la rendición de cuentas; y valoremos la libertad individual y el sistema de mercado. En pocas palabras, tenemos que fortalecer nuestras instituciones. No nos dejemos seducir por las viejas fórmulas del autoritarismo: fortalezcamos así, la meritocracia y como ya lo mencioné, la institucionalidad”. Ésa es la vía.