Jueves, 27 de julio de 2017
Foto Fuente: El Debate

En su última columna Jesús Valdez Cárdenas habló de "El licenciado"

Javier Valdez era uno de los cronistas del narco más importantes de la actualidad, además de su labor de reportero, también se desempeñaba como columnista en Ríodoce

México.- Aproximadamente a las 13:00 horas se dio a conocer el asesinato del periodista mexicano Jesús Javier Valdez Cárdenas en Culiacán.

El también fundador del semanario Ríodoce y corresponsal de la Jornada, caminaba por la avenida Riva Palacio, en la colonia Jorge Almada, cuando unas personas a bordo de un vehículo rojo le dispararon hasta arrancarle la vida.

En su libro “Malayerba” reunió una selección de crónicas que se publicaron originalmente en el semanario Ríodoce, en el cual podíamos leer a niños que sueñan con ser narcos de grandes, a jóvenes pistoleros que, ante la caída del capo protector.

Javier Valdez era uno de los cronistas del narco más importantes de la actualidad, además de su labor de reportero, también se desempeñaba como columnista en Ríodoce donde trataba temas de seguridad en donde escribía algunos textos algunos narrativos, pero todos reales.

"Cuando fundamos Ríodoce me propuse hacer una columna dedicada al Narco. No sabía entonces lo que decía, pero poco a poco fue cobrando forma. Para mí esta es la simiente, la savia, de aquí yo he escrito todos mis libros como Miss narco o Huérfanos del Narco. Aquí escribí textos cortos, como una cachetada, con finales imposibles a veces. Son textos más narrativos, pero todos son reales", indicó en una entrevista para el diario SinEmbargo.

Aquí su última columna

El licenciado

El tío ya no lo aguantó. Era la vergüenza de la familia. Así que decidió meterlo a un centro de internamiento para adictos. Llamó con alguien y rápido llegó la voladora: una camioneta cerrada con siete jóvenes que lo tumbaron a empujones y patadas, lo ataron con manos y brazos y luego de someterlo, lo metieron al vehículo para llevárselo. Salieron de ahí hechos la mocha y apenas el polvo marcó la partida.

Llegaron y lo siguieron tundiendo. Se acercó alguien que parecía el que mandaba. Bien vestido, alto, con voz gruesa. Todos se detuvieron frente a él, casi cuadrándose. Bola negra, dijo. Y todos reiniciaron los golpes. Esta vez le cortaron parte de la espalda y le abrieron la cabeza. Al diagnóstico se agregó fractura de clavícula. Se quedó ahí, tendido. Le dieron paracetamol y le gritaron al segundo día ya levántate güevón. Órale, este no es un hotel.

Lo sacudieron, le dieron polvo y reaccionó. Vámonos, tenemos que ir en la voladora por otros dos. Eso era la bola negra y él debía aplicársela a otros. De lo contrario, se lo harían de nuevo.  Repartió tantos chingazos como bolas negras y fue así que logró que lo incluyeran entre los invitados a las fiestas. Otro nivel. Cerveza, yerba y perico. Las mujeres que del área femenil también estaban para ellos. Podían bailar y drogarse, y luego entrar sin permiso en sus oquedades. Una vez en la burbuja nebulosa de los viajes fantásticos no había manera de oponer resistencia.

Había permisos y premios, y también para él. Se los fue ganando a fuerza de puñetazos y patadas. De decirle sí al jefe, que era el licenciado. Lo enseñaron a delinquir y a pasar las líneas de las drogas. Le pusieron de apodo el demonio. Cuando el tío fue por él le dijeron que estaba mucho mejor. Pero no lo vio. Dónde anda. Es que fue a comprar comida y a botear en los cruceros. Pero va muy bien, pronto estará totalmente recuperado. El tío se fue, aliviado por las buenas nuevas pero no del todo convencido: no haberlo visto le dejó amarga la boca.

Ninguno como él. Les decía el licenciado tráiganme al demonio y se lo llevaban. Era bueno para los golpes y para cumplir las órdenes. Un samurái de los enervantes y las luchas callejeras. Puma de alcantarillas. El demonio llegaba y paspas. La víctima no se levantaba en días. Un premio para él. Sabía que podía saborear la droga que quisiera, y también a las recluidas en el área contigua. Se sumergió en las arenas movedizas del placer, de los viajes en globo y del paseo por las nubes oscuras de los sótanos. Sonrió y babeó. Y así quedó, esparcido en el piso, con viscosidades en la boca. Inerme. Cuando fueron por él para aplicar otra bola negra, el licenciado dijo ni modo. Era mi preferido. Y gritó bola negra.

EM