Miércoles, 23 de agosto de 2017
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La buena, la mala y la fea de este fin de semana

Por Alejandro Alemán

La buena: The Founder (Hambre de Poder) - Dir: John Lee Hancock

La interesante historia de cómo Ray Kroc, un vendedor de puerta en puerta de cuarenta y tantos años se topó con un pequeño restaurante de hamburguesas en Cupertino California llamado Mc Donalds. Estamos en el año 1954 y en ese entonces era casi impensable un sistema de comida rápida donde primero se paga y de inmediato te sirven la comida, con un mínimo tiempo de espera.

Los creadores de aquel sistema, los hermanos Mac y Dick McDonald, reciben a Kroc quien de inmediato ve el enorme potencial de esa idea, por lo que les propone un trato: abrir franquicias. The Founder es la crónica de cómo este hombre no sólo se volvería millonario con la idea de aquellos hermanos sino que además, ante la negativa de estos por innovar, Kroc termina por apoderarse del negocio teniendo vía libre para convertirse en el multimillonario que es hoy día. Cabe decir que los McDonald sólo recibieron el pago por la idea, el concepto y el nombre, pero no por las millones de hamburguesas que se venden diariamente alrededor del mundo.

Michael Keaton hace un fascinante trabajo interpretando a ese tiburón llamado Kroc. si bien la cinta no toma partido, el juego moral está planteado: ¿quién es el héroe y quién es el villano en esta historia? Sin la ambición desmedida de Kroc, McDonald’s no sería el imperio de hoy día, pero sin el ingenio de los hermanos McDonald’s la mina de oro no hubiera sido creada.

Kroc decía que el secreto de su éxito se lo debía a un libro (que aparece en la película) “El poder del pensamiento positivo”, escrito por el reverendo Norman Vincent Peale. Ese mismo volumen es el libro de cabecera de Donald Trump. Este dato hace de The Founder la primera cinta para tratar de entender la era Trump.

La mala: Manhattan de Noche - Dir: Brian De Cubellis

El sentido común diría que ganar un Oscar en la categoría de Mejor Actor forzosamente te cambia la vida y te mejora la carrera. Muchas historias de éxito confirman esta idea pero en el caso de Adrien Brody pasó justo al revés: luego de ganar el Oscar, su carrera se ha estancado en una larga y sostenida caída hacia el abismo.

Para muestra esta cinta, Manhattan de Noche, donde Brody interpreta a un reportero de un tabloide neoyorquino que busca afanosamente notas escandalosas. Por azar, una guapa viudita (Yvonne Strahovski) le ofrece darle datos sobre la reciente muerte de su marido (un famoso cineasta) a cambio de que le ayude a seguir investigando el caso, no sin antes las consabidas escenas de sexo entre estos protagonistas.

Todo sería genial excepto porque al parecer ya nadie en Hollywood sabe hacer un buen thriller, o al menos no el debutante (y además pésimo guionista) Brian de Cubellis, quien además de escribir los peores diálogos (“He visto la vida y la muerte, es mi trabajo”) deja abiertos tremendos boquetes en un guión inconexo y una historia francamente aburrida. Ni la actuación de Brody ni las bellas piernas de Strahovski levantan esta cinta que, de tan mala, llega a nuestro país un año tarde. Mejor se la hubieran guardado otro par de añitos.

La fea: Trainspotting 2 - Dir: Danny Boyle

Cinta de culto que definió una generación, Trainspotting es una de las mejores películas del siglo pasado, una fábula cínica, sucia, soez, pero absolutamente honesta respecto al mundo de las drogas y que no trataba jamás de ser moralina ni de poner en sobreaviso a nadie, al contrario, uno de sus principales argumentos es que los drogadictos se drogan porque en principio, drogarse se siente bien, los problemas vienen después.

Más que una secuela, Trainspotting 2 se siente como un epílogo extendido de la primera. Es una cinta que se debate entre el fan service, la nostalgia y el no ser complaciente. Renton (McGregor) regresa a su natal Edimburgo 20 años después de lo ocurrido en la cinta anterior. Las deudas de su traición siguen vivas, el fantasma de la adicción es latente, los rencores ahora son muchos pero estos chicos, que se drogaban con música de Iggy Pop y Blondie, ya no son unos jovencitos, por lo que eludir la realidad de la edad sería estúpido.

El ritmo frenético de Boyle está presente, pero no esperen el mismo nivel de excitación que provocaba la cinta original. La fiesta se ha acabado, y sólo quedan los problemas, las drogas, los rencores, los vicios. “No es la droga, es la adicción” dice Renton, tratando de hacer las paces consigo mismo.

Decir que esta película es fea no es sino describirla. Se trata de una cinta absolutamente pesimista: podrás intentar huir del pasado, podrás cambiar de adicción (Renton ahora es un runner), pero las facturas no pagadas siguen y seguirán ahí. Once a junkie, always a junkie.