Jueves, 23 de noviembre de 2017
Foto Fuente: Especial

La buena, la mala y la fea del cine

Por Alejandro Alemán

La buena: Tempestad - Dir: Tatiana Huezo

Intoxicante, hermosa y perturbadora. No hay otra forma de describir a este, el segundo largometraje documental de la salvadoreña/mexicana Tatiana Huezo. La cinta mueve al espectador usando los métodos más convencionales: unas cuantas imágenes bellamente fotografiadas, una voz en off que va contando una historia aterradora y una edición que mezcla estos elementos creando un flujo de imágenes y sensaciones que pocas veces se ve en un documental.

Todo sería fantástico excepto porque Tempestad es una experiencia tan bella como terrible, una especie de road movie que revela un México horrendo cuya corrupción impune y criminal va devorando lentamente a sus hijos, que somos nosotros mismos.

La anécdota que narra Tempestad es de esas notas que se pierden en el horror ya cotidiano de la información diaria. Una mujer, es acusada de un delito que no cometió (trata de blancas). Sin posibilidad a juicio ni juez, es llevada a un centro penitenciario con “autogobierno”, es decir, una cárcel donde los criminales son los que tienen el control de todo lo que sucede adentro.

Lo que sigue es un relato de terror. La descripción de cómo, en la impunidad absoluta, el crimen controla los destinos de las pobres almas que caen en estos círculos dantescos. El único escape es pagar la cuota mensual, la única esperanza es que ese pago nunca falle. Las consecuencias son funestas.

En paralelo, otra historia. Adela, madre de familia, de profesión payaso, busca a su hija adolescente. Un día simplemente no volvió de la escuela. Las autoridades investigan, pero no hay resultados. Ni modo señora, así es esto, resignación. Pero no hay resignación posible para una madre que de la noche a la mañana pierde a su hija. Las investigaciones de la propia Adela apuntan a que su hija fue secuestrada por una banda de tratantes de blancas, cuyos lugartenientes son judiciales.

La impunidad en el espejo.  El gran guiñol de la justicia mexicana.

Todo es narrado con imágenes de gente común, viajando, preparándose para la siguiente función de este circo llamado México. Detrás de esos rostros curtidos por el tiempo, de esa madre maquillada como payasito lista para que el show continúe, detrás de esas caras, Tatiana Huezo se asegura de mostrar un leve atisbo de esperanza, tan necesario para el país, tan fundamental para que nosotros, los espectadores, podamos levantarnos de la butaca para salir a vivir esta terrible realidad nacional.

La mala: Sopladora de Hojas - Dir: Alejandro Iglesias

Tres amigos, luego de un partido de futbol, planean su fin de semana. En la agenda el evento importante es el funeral de uno de sus compañeros, el “Higuita”. En esas están cuando uno de ellos pierde las llaves de su casa y del coche de su muy enojona novia. Los tres se ponen a buscar las llaves que, al parecer, uno de ellos habría tirado en un montículo de hojas de un parque cercano a su casa (Coyoacán).

El asunto es que por más que lo intentan nunca buscan como se debe las pinches llaves: ya sea porque no saben ni en qué montículo se quedaron, ya sea porque le piensan mucho a la técnica (¡sería más fácil si tuviéramos una sopladora de hojas!), ya sea porque terminan hablando de otra cosa o porque se ponen a jugar espaditas con los mangos de un par de escobas.

Sopladora de Hojas es un intento, absolutamente fallido, de replicar la misma fórmula y fenómeno de Temporada de Patos (Eimbcke, 2004), película donde en apariencia no pasaba nada (tres adolescentes atrapados en el departamento de uno de ellos y sin luz eléctrica) pero en el subtexto pasaba todo.

Aquí en realidad no pasa nada y en el subtexto tampoco. De hecho no hay subtexto, todo es demasiado frontal. Los tres chicos exponen sus muy particulares problemas (el gordito enamorado de su vecina, el flaquito con una novia castrante, el cool que ya dejó la escuela pero no le ha dicho a sus papás) haciendo absolutamente predecible el final.

Las actuaciones no desmerecen y la gran proeza de filmar todo en exteriores levanta un poco la cinta. Pero al final, las muy lamentables decisiones argumentales, los malos diálogos y un guión lleno de anécdotas más que de ideas, terminan por sepultar esta cinta debajo de un montón de inútiles hojas secas.


 


La fea: I, Daniel Blake - Dir: Ken Loach

Siempre fiel al retrato de la clase trabajadora de su país, lo feo en este caso no es la película (que de hecho es bastante buena) sino la crítica que recibió en Europa, que no fue precisamente fan de este nuevo trabajo de Loach. Primero porque lo encontraban hasta cierto punto derivativo y dos porque no le encontraban tantos méritos como para hacerse de la Palma de Oro en el Festival de Cannes del año pasado. En lo segundo probablemente estoy de acuerdo, pero no en lo primero; la historia de Daniel Blake, un carpintero de 60 años que se enfrenta a la terrible realidad del proceso burocrático y deshumanizado para lograr una jubilación es filmada con lujo de actuaciones y con brío narrativo del cual resulta complicado no salir conmovido.

Un extraordinario Dave Jones es el actor que le da vida al sexagenario Blake, quien luego de un infarto los médicos no lo encuentran apto para regresar al trabajo, por lo que se enfrentará a un océano burocrático cuando intenta obtener su ayuda por invalidez. En el inter conoce a Katie (Hayley Squires), una madre soltera que ha tenido que cambiarse a Newcastle justo para tratar de conseguir vivienda social a la vez que se desvive por mal alimentar a sus hijos.

Perdónenme el romanticismo pero no dejo de ver algo de Loach en la personalidad de Blake. Ambos sexagenarios, ambos al borde de la jubilación, ambos incapaces de permanecer inmóviles ante las injusticias del sistema. Por mucho que les moleste el cine de Loach, por mucho que incluso sea maniqueo y simplista, el mensaje no pierde fuerza: la clase trabajadora sigue igual o peor que hace 30 años, y Loach no cansará de gritarlo, así tenga que seguir filmando o incluso escribir en las paredes “Yo, Ken Loach”.