Jueves, 19 de octubre de 2017
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Si no eres el primero, seremos más felices: virginidad y matrimonio

El que la pareja con quien se piensa compartir la vida no sea el primero con el que se ha iniciado la vida sexual, hace que se aproxime más al placer y la felicidad sexual

Hasta hace poco tiempo, para que una mujer llegara al matrimonio se tenían que cumplir al menos dos circunstancias principales: estar enamorada y no haber tenido experiencias sexuales previas.

Estas circunstancias estaban sustentadas principalmente por las creencias culturales y religiosas que establecían que la mujer debería de llegar a la vida marital sin recuerdos de previos intercambios sexuales con otro hombre.

El matrimonio realizado bajo estos principios generaban en la doncella la sensación de exclusividad y una especie de “servidumbre sexual” caracterizada por un alto grado de heteronomía y de dependencia emocional hacia la pareja, estableciéndose de esta manera la monogamia.

Monogamia que, dicho sea de paso, se vuelve necesaria en ambos miembros de la pareja si existe la pretensión que la relación marital  perdure.

La pregunta derivada de estas creencias es la siguiente: ¿qué implicaciones emocionales y psicológicas se gestan en la mujer como resultado de esta exigencia?

La atención se centra en la primera experiencia sexual, en el momento de “la pérdida de la virginidad” o de lo que en la antigüedad se denominaba como el momento de la desfloración de la joven dentro o fuera del matrimonio.

Este momento se caracteriza por el dolor, en muchos casos por la presencia de sangrado, que puede llegar a equipararse con la sensación de una castración física.

Estos acontecimientos generan en la mujer diversas emociones que van desde el enojo y el rechazo hacia la figura del varón que le provocó dicho dolor, hasta llegar a desarrollar una total repulsión hacia la pareja que la desfloró que se traduce en una frigidez que no le va a permitir disfrutar de la vida marital a modo de venganza hacia la pareja por el dolor y la sensación de castración experimentado  en el momento de la desfloración.

Son muchos los casos en que se ha podido observar cómo estas mismas mujeres que en un primer matrimonio se niegan el placer sexual con la pareja con quien vivió su primera experiencia sexual, al establecer un segundo matrimonio se desenvuelven como mujeres plenas capaces de  lograr un disfrute sexual con su nueva pareja.

En la actualidad la exigencia de llegar sin experiencias sexuales previas a una relación de pareja estable o de matrimonio quizás no sea tan vigente, sin embargo, lo que sigue siendo vigente son las emociones que se producen en la mujer en el momento de vivir la primera experiencia sexual dentro o fuera del matrimonio.

Desde estos hechos se puede establecer que segundas experiencias son mejores y que a diferencia de la creencia de llegar “virgen al matrimonio”, el que la pareja con quien se piensa compartir la vida no sea el primero con el que se ha iniciado la vida sexual, hace que se aproxime más al placer y la felicidad sexual.