El asesinato es uno de los peores crímenes y más cuando se trata de un niño. En 2018 se registraron alrededor de mil 463 infanticidios en el país y los más vulnerables son los que viven en un entorno pobre y violento.

La mayoría hemos condenado el terrible homicidio de seis niños de la familia LeBarón en Sonora, pero en México todos los días mueren niños y de la peor manera.

A diferencia de los infantes que pertenecen a una clase social alta o media, los pequeños que mueren en la pobreza son anónimos, son víctimas de la injusticia y el olvido, porque a ellos no los ponen en titulares.

Esta semana fue encontrado el cuerpo del bebé Iker Alonso de 4 meses de edad, fue asesinado junto a su madre en los límites de Nuevo León y Tamaulipas, presuntamente por su padre, no indignó tanto como el caso LeBarón.

El viernes pasado una niña fue acribillada junto a su madre en calles de Ecatepec, los medios le dieron más énfasis a las actividades delictivas a las que se dedicaba su familia y no al terrible crimen de acabar con la vida de una NIÑA de 9 años.

O como el caso de Lenin Gabriel, un pequeño de 8 años que murió durante una balacera afuera de su escuela en el municipio de Nezahualcóyotl y al que infamemente llamaba el ‘niño de Neza’, su apellido era Márquez Mendoza y murió por culpa de un narcomenudista.

Lo de la familia LeBarón fue una masacre, pero la violencia la vivimos todos los días y todos los mexicanos, no es específico de un sector.

Es un crimen mortal el asesinar a un niño y la mayoría termina siendo una cifra más de los muertos de este país, es indignante, repugnante e insensible y terriblemente real.

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Ya basta de que los niños sigan sufriendo los daños colaterales de la violencia, que no logren tener una vida plena por la falta de un gobierno que les garantice un futuro porque viven en un infierno llamado México.