A manera de grotesca parodia, en “la mañanera” del pasado martes 5 de noviembre el presidente mexicano aseguró que su gobierno había logrado “detener” los escandalosos niveles de violencia que se desataron en México desde el 1 de diciembre de 2018.

La premisa de López Obrador no fue acompañada de una sola prueba de su dicho ya que se trató de una más de las casi 20 mil mentiras que en sólo 11 meses se han contabilizado al mandatario mexicano, quien se ha convertido en el más mentiroso de toda la historia.

Y es que ese martes, al tiempo que Obrador presumía la contención de la violencia, todo México y buena parte del mundo reaccionaban estupefactos ante la última masacre registrada en México; el asesinato de nueve integrantes de la familia LeBarón; niños y mujeres, algunos de ellos quemados vivos, en uno de los más sanguinarios ataques a civiles inocentes.

Y el escándalo fue mayúsculo no sólo por la mentira de López Obrador sino por la burla del mandatario, a quien poco o nada importó la pérdida de más vidas a manos de sus aliados; los cárteles de la droga.

Queda claro que la “verdad oficial” fue la gran ausente en la mañana de ese martes 5 de noviembre. Pero esa “verdad oficial” tampoco llegó a Palacio al día siguiente; el miércoles 6 de noviembre, ya que ante periodistas extranjeros el presidente mexicano volvió a mentir de manera grosera y flagrante.

Es decir, al presidente Obrador ya no le importa mentir ante la prensa mexicana o ante los periodistas extranjeros.  

Y si dudan, basta ver que la mañana de ayer una periodista extranjera preguntó a Obrador si se comprometía “hoy y aquí a utilizar un lenguaje que no estigmatice a los periodistas o al periodismo mexicano; un lenguaje de respeto… Puede responder con un sí o no”, le aclaró la periodista.

Y la respuesta de “Andrés Manuel” fue otra mentira.

Sin pudor y sin medida, el presidente mexicano engañó a los periodistas extranjeros frente a los engañados periodistas mexicanos, al señalar que él nunca ha utilizado un lenguaje que estigmatice a los periodistas.

Omitió el presidente mexicano que bautizó a los medios y a sus críticos como “prensa fifí”, como “prensa conservadora”, como “adversarios mediáticos” y que, incluso, comparó a los periodistas “con perros que muerden la mano de quien les quita el bozal” entre una veintena de adjetivos.

Y, por supuesto que tampoco dijo que él y sus voceros han motejado con groseros apodos a los críticos de su gestión.

Pero el tema de fondo es que parece que nadie le ha advertido al presidente Obrador que su gusto por la mentira –mentira que se desparrama a todo su gabinete, a su partido, a sus seguidores, simpatizantes y hasta fanáticos–, ya fermentó uno de los más perniciosos caldos de cultivo para acabar con los valores que soportan toda democracia y que marcan el principio del fin de la propia democracia mexicana.

Nos referimos a la muerte de la “verdad oficial”.

En efecto, el presidente mexicano ha abusado de tal manera del engaño, la mentira y la ausencia de verdad –en sus declaraciones y en los resultados de su gobierno–, que hoy podemos decir que el propio Obrador ya decretó la muerte de las “verdad oficial”.

Pero tampoco es todo. Si el presidente es un mentiroso patológico, todos en su gabinete, en su partido; todos los gobiernos de Morena y los legisladores de ese partido copian el modelo de la mentira como política de Estado.

Es decir, que todos en Morena mienten por sistema. Por tanto, todo lo que hacen los gobiernos, los legisladores y los políticos de ese partido está teñido por el color de la mentira.  

     Pero vamos por partes.

¿Cuál es la verdad oficial? ¿Para qué sirve? ¿Cuál es su importancia en la democracia y en la eficacia del gobierno?

Ese es justo el fondo del tema.

La “verdad oficial”, en democracia, soporta la confianza ciudadana, la estabilidad económica y, al final, la confianza en el gobierno.

Si el gobierno, sus instituciones y sus actores mienten por sistema, la sociedad pierde la confianza, la economía se derrumba y todo lo que haga el gobierno, bueno o malo, es puesto en duda.

Es decir, la democracia, la estabilidad política y económica y la gobernabilidad se derrumban y, como resultado, la democracia muere.

Y, les guste o no, en sólo once meses López Obrador mató la verdad oficial y la democracia. AMLO era y sigue siendo un peligro para México.

Al tiempo.