A lo largo de la historia, la humanidad ha vivido bajo las normas del patriarcado, siendo el arquetipo masculino el protagonista, caracterizado por ser duro, violento, viril, destructivo; que reprime la sensibilidad, la empatía, el miedo o el llanto, valora el dominio y es competitivo.

Este es un tipo de masculinidad que es aprendida por los varones desde la infancia, que legitíma la “hombría” a través de la victoria en la guerra, la pugna o la competencia, convirtiéndose para los varones en eventos excitantes y heroicos.

Asimismo, existen diversas acciones, palabras o actitudes en los hombres que están cargadas de agresividad, caracterizadas por demostraciones de “aguante” y “fuerza”. Un ejemplo de ello son los juegos “pesados o rudos”, que se reproducen entre los varones comúnmente en la niñez y la adolescencia, aunque también en la adultez; que son una forma divertida de “echar desmadre o relajo”.

Las modalidades de los juegos “pesados” son físicas o verbales, en las que existe una especie consensuada del uso de la agresividad. Es decir los varones que se “llevan”, se “aguantan”; en éstos participan los amigos o los “cuates” que no se “rajan”.

Pero, los varones que no “entran” al juego pesado, usualmente son rechazados por los otros participantes, dado que asocian su “no participación” no sólo con una relación de amistad, sino también con la “debilidad”, un rasgo considerado como femenino. Es común, que a estos varones les llamen “gallinas”, “llorones” o “nenitas”; una forma de estigmatización, de devaluación o desacreditación de lo diferente entre los individuos.

Así que, cuando se produce el juego, si es de puños, éstos se dan con cierta intensidad. Son la “pamba china”, la “bolita”, las “luchitas” (la simulación de una pelea de box o de lucha libre), las modalidades más comunes del contacto cuerpo a cuerpo.

En los juegos los varones se dan empujones, cachetadas, palmadas en la espalda, se “ponen el pie”, se dan jalones de ropa, etcétera, de modo que cada participante pone el límite de “aguante” y mientras aguante más, mucho mejor, porque es “más hombre”, “más macho”, “más fuerte”.  El chiste del juego es esquivar el golpe, ser más efectivo que el otro.

Culturalmente, los juegos pesados son una forma de transmitir y aprender un tipo de masculinidad dominante, es una enseñanza que se transmite durante la interacción social entre los grupos varoniles¸ que es reforzada por medio de castigos y recompensas por parte de otras personas, como el padre, los abuelos, los compañeros, los amigos o el jefe.

Rivas (2009) dice que el varón que intenta salir de estos parámetros es humillado por su diferencia, por no cumplir con el “mandato”. Agrega Olavarría (2006) que esa “forma de ser hombre” que no corresponde al referente dominante, generalmente es disminuida y subordinada. Pues es identificada como una modalidad precaria de ser varón, que puede y llega a ser sometida o violentada  por aquellos que ostentan la calidad de “verdaderos varones”.

Por ello, es preciso preguntarse ¿cómo podemos transformar las prácticas agresivas entre los varones y rescindir los moldes de género en cierto grado “universalizados”, que aprisionan a los hombres y a las mujeres desde edades tempranas?

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Posiblemente una de las respuestas recaiga en la esfera educativa formal e informal, sin embargo, desde el espacio que sea, es urgente desmitificar todas aquellas conductas, modelos, roles, mitos y estereotipos sociales que glorifican, idealizan o naturalizan el uso de la fuerza, la agresividad y la violencia, que encumbran el desprecio y el desinterés por los demás. Por ahora lo que podemos comenzar a hacer es cuestionar la frase que afirma “así son los hombres, así se llevan”.