Las desigualdades de género comúnmente germinan en el currículo escolar, pues es en éste donde se pueden hallar fines, prácticas y discursos velados que la escuela lleva a cabo.

Es por ello que es necesario observar las conductas, valores, creencias, actitudes y el lenguaje que se gesta en la interrelación entre el profesorado-estudiantado de las instituciones educativas; porque a partir de ahí se pueden evidenciar la asignación de las relaciones poder y los principios de dominio social.

Desde el punto de vista de Lundgren (1997) el currículum es un documento con un plan detallado del año escolar. Es decir, es una guía tanto para las/os profesores como para el estudiantado; porque el currículo dota de significado las experiencias de su comunidad escolar.

En relación a lo anterior, Bourdieu (1995) planteó que las mujeres y los hombres tienen un bagaje cultural disímil (costumbres, creencias, formas de actuar y pensar) que les permite ocupar un lugar distinto en la sociedad; mismo que es construido bajo un punto de vista masculino.

Es decir, hay una “división del trabajo sexual” que no suele ser cuestionado, sino que es aprendido y reiterado a través del currículo oculto en la escuela, las y los educandos aprenden un conocimiento que reproducirán posteriormente.

Entre tanto, la escuela como una de las  instancias primarias de socialización, actúa inculcando valores, actitudes, significados, normas, roles de género, estereotipos, códigos.

Para ejemplificar sólo algunas manifestaciones de la desigualdad entre el estudiantado, se ha elaborado la siguiente tabla:  

Niñas Niños
Se piensa que no…

Cargan objetos pesados.

Se considera que…

Deben ser son rudos y fuertes.

No deben usar pantalón en la escuela, sólo falda. Son buenos para las matemáticas y ciencias.
Son dóciles, tranquilas y ordenas. Les gustan los deportes como el futbol.
Les gusta hacer manualidades. Son sucios y desordenados.

Las aseveraciones del cuadro anterior resaltan la imposición de significados diferenciadores de género en la escuela, que muchas veces son producidos y reproducidos en la práctica pedagógica por parte del docente.

Pues la enseñanza de contenidos en el aula no es una actividad que se realice de manera pura, porque la autoridad pedagógica a través de su acción y comunicación adiestra bajo determinadas posiciones sociales, formas de actuar y pensar, valores, prácticas, usos, etcétera. Por ejemplo, muchos docentes suelen llevar a cabo las siguientes prácticas:

  • Mayor uso de diminutivos y adjetivos para dirigirse a las niñas que a los niños.
  • Se dedica mayor atención a los niños que a las niñas.
  • Se recuerda con más frecuencia el nombre de niños que de niñas.
  • Las expectativas que se tienen sobre las y los estudiantes es diferente. Se espera que los hombres elijan carreras científicas, mientras que las mujeres alguna perteneciente a las ciencias sociales (con supuesto menor prestigio social).
  • Las niñas y los niños juegan cosas diferentes y con objetos distintos.  

Cabe recalcar que esta forma de pensar y actuar por parte del cuerpo docente no es consciente, es algo que ya está inscrito en ellos, y que también aprendieron en la escuela, en su casa y en otras esferas de la vida.

De modo que, el currículo, resulta de la actividad “formal” del Estado, la comunidad, la escuela, el profesor, pero que no solamente incluye aquello que sucede en las aulas, sino también de lo que pasa en los pasillos, fuera del salón de clase.

Sin embargo, en la misma planta docente y administrativa la desigualdad entre hombres y mujeres prexiste, como sueldos y cargas de trabajo distintos, mayor o menor autoridad, quienes son los que dirigen y los que realizan las actividades, por ejemplo.

Lo anterior, implica una práctica sexista y discriminatoria, que arraiga fuertemente lo que significa ser hombre y ser mujer, cuando el objeto de la enseñanza, debiera estar encaminado a promover por igual las facultades y habilidades de las y los estudiantes.