Hace un par de meses salí a una fiesta con algunos amigos de la universidad, no les voy a mentir, bebí un poco por el puro antojo y entre las conversaciones y la buena música el tiempo se pasó volando, revisé mi celular, ya eran las tres de la mañana y tenía 15 llamadas perdidas de mi papá.

Una de mis mejores amigas me pasó a dejar a mi casa, abrí la puerta, mi padre estaba  enfurecido, sabía que me daría un sermón de más de media hora. 

Esa madrugada y muchas otras, me hicieron comprender que todo lo que me decía papá no era por molestar, era por mi propia seguridad y por la de mi familia, comprender el riesgo que implica.

Entendí que vivir en el Estado de México es estar en una montaña rusa, que si no te asaltan en una combi, te desaparecen o peor aún, te quitan la vida. Y no solo eso, para las mujeres nos resulta más terrorífico, cuidarnos de algún acosador, violador o hasta de nuestra propia pareja que puede llegar a ser el verdugo.

De verdad me estremece ver todas las mañanas los titulares de los periódicos, enterarme de la desaparición de jovencitas, en la mayoría de los casos menores de edad, lo más horrible, leer que las asesinaron, las violaron, las embolsaron y abandonaron su cuerpo en un terreno baldío como si fuera un costal de cascajo.

No maquillemos la realidad, en lo que va del 2019 el Estado de México ocupa el segundo lugar en feminicidios a nivel nacional ¡Se imaginan! Tan solo en este mes se contabilizaron 15 casos incluidos los de Brenda, Vianney, Lety, Karla, Guadalupe, Alexandra y Arisbe. 

¡Ya me cansé!  ¡No pienso callar, nos están matando!

Señor Gobernador, Alfredo del Mazo, exigimos la seguridad que prometió, entienda, no queremos ser una más.