No es nueva la intolerancia del presidente López Obrador a la crítica y, sobre todo, a sus críticos.

Y no es nueva la intolerancia si recordamos que el mandatario mexicano está lejos de ser un demócrata y menos un convencido de libertades básicas, como la libertar de expresión.

Tampoco es nuevo que López calumnia y difama casi todos los días a los medios y a sus críticos quienes, con datos duros, también todos los días derriban la montaña de mentiras en son sus “mañaneras”.

Y no es nuevo que AMLO despierte con una creciente irritación si, a diario sigue a la baja su popularidad; caída que acredita a sus críticos.

Incluso Obrador ha inventado la especie de que existe una campaña de medios y periodistas en su contra –con quién sabe que oscuros intereses–, que sus aplaudidores ya convirtieron en nuevo espantajo que persigue al hombre bueno que sólo busca la pobreza de todos los mexicanos.   

Lo nuevo, en todo caso, es que ante la creciente crítica a los errores, dislates y fracasos del presidente Obrador, también crece el niveles del enojo y la irritación presidencial, quien parece cerca de un manotazo autoritario digno de Fidel Castro o de Nicolás Maduro.

Y es que, en efecto, crece sin freno una nueva epidemia que ya alcanzó al gobierno federal, a su partido, a su gabinete y, sobre todo al propio Obrador.

¿Una nueva epidemia? Si, la epidemia crítica que, literalmente, se generalizó en torno al gobierno de AMLO y que, incluso, despertó a muchos de los otrora fanáticos y aplaudidores del gobierno de López.

Durante meses, cuestionamos la pasividad de los críticos mediáticos, de intelectuales y hasta de los empresarios. Cuestionamos la ceguera, la sordera, la indolencia y hasta la cobardía de aquellos que, en democracia, debían ser los principales críticos de un gobierno fallido, como el de AMLO.

Sin embargo, esa tendencia empieza a cambiar.

Sí, al paso de los meses del aún joven gobierno de López, ya resulta insostenible la narrativa discursiva del presidencial, sustentada en imaginarios milagros e indefendibles logros que, a querer o no, chocan con una realidad que arrastra al país a lo más profundo de la peor crisis de la historia.

Todo ello en medio de pruebas irrebatibles de que vivimos víctimas del peor presidente de la historia; el más analfabeta, el más estulto y el más mentiroso; con casi 25 mil mentiras en sólo 16 meses de gobierno.

Y frente a la creciente ola crítica, como era de esperarse aparece el peor presidente; el más intolerante, agresivo y aquel capaz de la difamación publica sin límite, de quienes lo critican por obligación, por convicción y con sólo datos duros.

Y ese presidente irritado, furioso, ofensivo y grosero es al que vimos en “las mañaneras” de los días lunes, martes y miércoles 6, 7 y 8 de abril, en sesiones de intolerancia e insulto a periodistas y medios críticos de su gestión.

El lunes y martes López Obrador la cargó contra los periodistas Pablo Hiriart y Carlos Loret, a los que difamó y calumnio por cometer el pecado de hacer su trabajo y hacerlo bien.

El miércoles, en cambio, el presidente lanzó toda su furia, sarcástica y socarrona, contra los diarios El Universal y Reforma; los dos pilares del mejor diarismos que se hace en México, en más de cien años, en el caso del primero.

Así lo dijo, luego que uno de sus paleros le preguntó sobre las críticas en la prensa a su gobierno.

“Ya me los imagino, esperando que nos vaya mal, a todos éstos… con equipos especiales, haciendo entrevista a los enfermos… o sea, porque es otra cosa, pues…. vean a periódicos como El universal, que se volvió opositor.

“Ni en los tiempos del maestro Palavicini, cuando se fundó, estaba tan opositor… y así todos… y para qué les cuento del Reforma.

Y están de veras, muy enojados, contrariados… pero ojala y se vayan serenando… el Paciflorine es bueno, el té de tila… porque por más campañas amarillistas no van a poder, no pasarán nuestros adversarios con sus voceros, no pasarán…”.

Está claro que el presidente Obrador es un perfecto ignorante del papel crítico de la prensa y de la responsabilidad crítica de los periodistas que ejercen el género periodístico de opinión.

López actúa como tirano que aspira a la censura previa y a la verdad oficial. Ignora que la democracia –aún debilitada como la democracia mexicana–, es el espacio ideal para el ejercicio de todas las libertades.

Esas libertades que él, López Obrador, usó de manera eficiente para llegar al poder presidencial; libertades que ya como presidente, no le gustan.

¿Ya olvidó Obrador el elogio que hacía a El Universal, a Reforma y a sus periodistas críticos de los excesos del viejo PRI, de las transas de la derecha del PAN?     

  No, señor Obrador, la critica a su gobierno fallido apenas empiezan. Las críticas a su fracaso no las podrá detener ninguna amenaza y menos si viene de un tirano que no entiende que en México ya está sembrado el germen de esa poderos institución social, hija de la democracia, llamada “Opinión Pública”.

Sí, “Opinión Pública”, esa  nueva epidemia capaz de derribar a gobiernos sátrapas, como el de López Obrador.

Al tiempo.