México. Cada vez son más los casos de periodistas que han sido violentados en un intento de hacerlos callar, de amedrentarlos violando su derecho a la libre expresión. Los más desafortunados terminan muertos a manos de algún sicario, algunos logran salvar sus vidas.

Un ejemplo es la historia de Omar, quien trabajaba como reportero en Zihuatanejo, Guerrero, y a quien los narcos usaban en ocasiones de su vocero. Él fue secuestrado en tres ocasiones y estuvo cerca de perder la vida.

Los grupos del narcotráfico lo obligaban a publicar información dictada por ellos, la mayoría de las veces él accedió pero cuando se resistió fue secuestrado, para dejarle claro que quien mandaba eran ellos y no la verdad.

La tercera vez que fue privado de la libertad pensó que ya no iba a vivir para contarlo y ver una vez más a su familia, pero lo dejaron libre y escapó a Michoacán. En lo único que no se equivocaba era en lo de su familia, ya que no puede volver a Guerrero por las amenazas a su vida.

Una vez en Michoacán un grupo de activistas lo puso en contacto con la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF), dónde le brindaron apoyo y resguardo. Sin embargo el precio de su seguridad fue que ya no podría seguir ejerciendo su profesión.

La RSF brinda protección a unos 800 periodistas que han sido amenazados de muerte, el problema es que la organización no cuenta con el presupuesto suficiente para mantener al número creciente de comunicadores refugiados.

Omar en compañía de otros periodistas crearon la asociación de Periodistas Desplazados de México, para denunciar los problemas que viven día a día.

La información se lee manchada de sangre, una sangre que tiene voz y que casi nadie quiere escuchar. Omar ya no escribe pero sus gritos aun se escuchan y piden libertad.

Con información de La Silla Rota

FF