De viva voz del propio presidente, el actual gobierno “entregó la plaza” a las bandas criminales.

Es decir, que marinos, militares y efectivos de la Guardia Nacional tienen prohibido el uso de la fuerza letal contra los matarifes del crimen organizado.

De voz de la propia titular de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, son normales matanzas como las ocurridas en Michoacán, Guerrero y Guanajuato; además de balaceras como la ocurrida recientemente en Tamaulipas.

Es decir, que para la encargada de la gobernabilidad del país, es normal la ingobernabilidad que provocan la violencia y el crimen generalizados en el país entero.

Sin embargo, más allá del voluntarismo presidencial y de los actos de fe de la titular de Gobernación, lo cierto es que la terca realidad desmiente, todos los días, tanto a López Obrador como a la señora Olga Sánchez Cordero.

¿Por qué?

Porque, en los hechos, los militares ya olvidaron la orden de su jefe máximo, el presidente Obrador, de no responder con fuerza letal y porque el país entero vive una de las espirales de ingobernabilidad más peligrosas de la historia.

Pero vamos por partes.

En el primer caso, el pasado martes se produjo un enfrentamiento entre militares y presuntos integrantes del Cártel Guerreros Unidos, en Tepachica, Guerrero, con un saldo de 15 muertos; 14 presuntos criminales y un militar.

Según la versión oficial, el convoy militar fue atacado por los presuntos criminales y el cabo que resultó muerto y que operaba una metralleta, respondió el fuego y mató a todos los presuntos integrantes del Cártel de Guerreros Unidos.

La misma versión la repitió el propio presidente en la mañanera del miércoles 16 de octubre, a pesar de que ya muchas voces dudaban de la narración, por lo inverosímil de la misma.

¿Y por qué no era creíble la versión que incluso el presidente hizo pública?

1.- Porque los presuntos criminales contaban con mejor armamento que los militares y no fueron capaces de infligir más que una baja en el convoy miliar.

2.- Porque el militar caído, un cabo, era el operador de una metralleta que, a pesar de que el militar fue herido, resultó capaz de alcanzar con sus proyectiles a todos los presuntos integrantes de Guerreros Unidos.

3.- Porque según todas las imágenes, es casi imposible que un solo tirador, que además estaba herido, pudiera dar cuenta de todos los atacantes y, sobre todo, sus cuerpos quedaran literalmente amontonados.

4.- Porque a partir de la conclusión de conocedores del “índice de letalidad” de un enfrenamiento armado, las imágenes de los civiles muertos, la trayectoria de los impactos y que sólo haya existido una baja militar, no coindicen con la versión oficial.

Por eso, la conclusión es que, en los hechos, asistimos a la confirmación de que efectivos militares ignoraron la orden de su “jefe supremo”, el presidente, de no usar la fuerza letal contra las bandas criminales; rebelión que se llevó a cabo en Tepachica, Guerrero.

Peor aún, no pocas voces periodísticas señalan que Tepachica es el Tlatlaya del gobierno de López Obrador. O si se quiere, igual que en Tlatlaya, en Tepachica elementos del Ejército Mexicano habría cometido una ejecución extrajudicial.

Lo cierto, sin embargo, es que lo ocurrido en Tepachica confirma que, en los hechos, se produjo una “rebelión” contra la instrucción presidencial de no usar la fuerza letal contra las bandas criminales.

Lo curioso es que en el caso Tlatlaya, intelectuales y críticos del gobierno de Peña pusieron el grito en el cielo por la presunta ejecución extrajudicial. Hoy, sin embargo, cuando al parecer se repite la historia, todos callan.

Pero igual de contradictoria resulta que la titular de Gobernación reconozca que es incapaz de mantener la gobernabilidad básica en la democracia mexicana ya que son inocultables los signos de ingobernabilidad.

Dice Bobbio, en el Diccionario de Política, que “un gobierno que mantenga el consenso de los ciudadanos, pero que pierda eficacia, será improductivo. Si la situación persiste, a la larga la pérdida de la eficacia llevará a una disminución del consenso y, por lo tanto, a la ilegalidad a los ojos de los ciudadanos, e incluso a una posible caída”

López Obrador juega con fuego. Y se puede quemar.

Al tiempo.