Todos o casi todos repudiaban a los militares y a los marinos.

Todos o casi todos los señalaron –durante décadas–, como culpables de los crímenes de Tlatelolco, en 1968 y de San Cosme, en 1971. 

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Todos o casi todos decían que mantener en la calle a militares y marinos era un paso previo a la dictadura.

Todos o casi todos veían a militares y marinos como criminales en potencia y, sobre todo, no paraban de acusarlos como el mayor riesgo para la democracia; para México y los mexicanos.

Todos o casi todos censuraban a los gobiernos de Calderón y Peña, por utilizar a militares y marinos en la lucha contra el crimen organizado.

Muchos, incluso, seguían la lógica del líder opositor, de que con los militares y los marinos, Calderón y Peña, “le pegaron al avispero” criminal y que, por ello, se desató la violencia sin freno.  

Y abundan los videos en los que la claque de Morena exigía el regreso de los militares a sus cuarteles.

Videos en donde satanizan a los gobiernos de Fox, Calderón y Peña dizque por pretender militarizar al país y en donde el propio López Obrador y su apologista, Epigmenio Ibarra, advierten del peligro de la militarización.

Testimonios en video, por ejemplo, de Manuel Bartlett, del líder de los diputados, Mario Delgado; del “maromero”, Pablo Gómez, de Claudia Sheinbaum y hasta de la locuaz senadora Laida Sansores, quienes a ritos advertían que tolerar en la calle a militares y marinos no era más que el paso previo a la dictadura.

Sin embargo, ocurrió lo impensable; un verdadero milagro.

Sí, de la noche a la mañana, todos en Morena mudaron de percepción y, de manera milagrosa, militares y marinos mexicanos ya no eran repudiados sino que se convirtieron en los insustituibles, los imprescindibles, los únicos, necesarios y hasta la única fuerza del Estado, capaz de ofrecer buenos resultados y honestidad impensable, por encima de todo el gobierno.

¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué de la noche a la mañana todos, en Morena, olvidaron que las fuerzas castrenses eran la mayor de las amenazas conocidas en México?

¿Por qué ya nadie piensa que entregar el país a los militares es uno de los grandes riesgos para la democracia; un paso a la dictadura?

¿Por qué hoy guardan silencio todos aquellos militantes, gobernantes y legisladores de Morena que, apenas ayer, satanizaban con argumentos vertidos en las cámaras del Congreso y en medios, a gobiernos como los de Fox, Peña y Calderón, por usar a militares y marinos en la lucha contra el crimen?

¿Qué pasó en la cabeza de López Obrador, de Epigmenio Ibarra, de la señora Piedra, de Manuel Bartlett, de Mario Delgado, del “maromero” Pablo Gómez; de la impresentable señora Sheinbaum; qué pasó, incluso, en la descocada cabeza de la locuaz Laida Sansores? 

  No, no es otro ejemplo del científicamente probado “Síndrome de Estocolmo”, que se produce cuando una víctima termina enamorada de su victimario; cuando una secuestrada sigue los pasos de su secuestrador.

No, el amor repentino de los amigos y empleados de López Obrador por los militares y los marinos es más mundano; en realidad es prueba irrefutable del vulgar “servilismo en manada”.

Si, resulta que ese “científico” llamado López Obrador, cometió el acierto de inventar y patentar el “servilismo en manada”, la versión recargada del aberrante “síndrome de Estocolmo”.

¿Y qué es el “servilismo en manada”?

Poca cosa; es la respuesta servil, abyecta, sumisa, vil, indigna, lacayuna, degradante y ruin de toda la clase política adicta a Morena y al “amado líder”, a quien nadie se atreve a cuestionar y menos a contradecir.

Y si López les ordena adorar a la ruindad, “en manada”, sus seguidores y empleados hacen culto a la ruindad; si les ordena sepultar sus creencias y hacer culto a la dictadura, construyen un templo al “amado dictador”.

Así, todos quienes enarbolaban la bandera contra el militarismo en el Estado mexicano, hoy deben tragar sapos y serpientes, cerrar la boca, cancelar de su cerebro esa forma de pensar y sumarse, en manada, al servilismo.

Y no sólo deben callar y tolerar, sino aplaudir, por ejemplo, que militares y marinos metan la mano en el Aeropuerto de Santa Lucía, en la construcción de miles de sucursales del Banco del Bienestar y del Tren Maya.

Además de la remodelación de hospitales, la atención a la pandemia, en el combate al huachicoleo, en vigilar las fronteras, en cuidar las elecciones, en dirigir la Guardia Nacional, en repartir el dinero de programas sociales, en coordinar programas como Jóvenes Construyendo el Futuro y Sembrando Vida; en repartir fertilizantes y ahora en controlar puertos y aduanas.

¿Quién se opone al “servilismo en manada” de la militarización en el gobierno de López Obrador? De manera tardía, sólo se opuso el secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jiménez Espríu.

Y es que todos, o casi todos, aman hoy la militarización en México.

Al tiempo.